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SAN JOSÉ DE LEONESSA, SACERDOTE CAPUCHINO

 SAN JOSÉ DE LEONESSA, SACERDOTE CAPUCHINO





Nacido en 1556, se dirige a Constantinopla en donde ayuda a los cristianos prisioneros de los turcos. Quiere anunciar el Evangelio al sultán: es arrestado, torturado y desterrado. En Italia, predica la Buena Noticia a los pobres, enfermos, encarcelados, viajando a pie. Muere en Amatrice en 1612. 


Eufranio nace el 8 de enero de 1556 – en Leonessa en Umbria, Italia.


Muere el 4 de febrero de 1612.


San José de Leonessa, capuchino, que predicó la fe entre los turcos de Constantinopla, sufriendo incontables tormentos. Predicó el Evangelio de Jesucristo al Sultan Murad II. Desterrado del territorio musulmán, volvió a Italia, muriendo en Amatrice, diócesis de Rieti, 1612. A la edad de dieciocho años hizo su profesión como fraile capuchino en su ciudad natal, y tomó el nombre de José, en lugar de Eufranio, su nombre de pila. Era humilde, obediente y mortificado en grado heroico, y tres días a la semana no tomaba otro sustento que pan y agua. Generalmente predicaba con un crucifijo en la mano, y el fuego de sus palabras inflamaba el corazón de sus oyentes. En 1587 fue enviado a Turquía como misionero entre los cristianos de Pera, suburbio de Constantinopla. Allí animaba y servía a 4000 esclavos por quienes varias veces ofreció su vida por su rescate con maravillosa devoción, especialmente durante una peste maligna, de la cual se contagió, aunque después recobró la salud. Convirtió a muchos apóstatas, y se expuso al rigor de la ley turca cuando predicaba la fe a los musulmanes. José fue encarcelado dos veces, y la segunda vez lo condenaron a cruel muerte. San José murió felizmente el 4 de febrero de 1612, a la edad de 56 años.

José de Leonessa fue beatificado por Clemente XII en 1737.


Canonizado por Benedicto XIV en 1746.


De la vida del Santo Capuchino.

Líbreme Dios de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6,14)


“La Eucaristía, memorial de la pasión lo llevaba a la cruz. Recogemos una oración suya que expresa y manifiesta su tensión espiritual hacia Cristo Crucificado: “¡Oh Cruz santísima! Transfórmanos todo en ti. Las raíces se prodigan a los pies, las ramas a los brazos y la cumbre a la cabeza. Y porque nosotros todos somos cruces, clava nuestros pies para que estemos siempre junto a ti, ata nuestras manos para que no hagamos sino lo que tú quieres, ábrenos el costado e hiérenos el pecho llenando nuestro corazón de tu amor; haz que nuestros ojos no vean a nadie más que a ti, que nuestros oídos sólo a ti te oigan y nuestro olfato solamente a ti te huela. ¡Oh Cruz! reposa ahora en nosotros como antes reposaste en Cristo. Haz que tengamos sed de ti como Cristo tuvo sed de nosotros. Humildemente nos acogemos a aquél que pendió de ti y en ti se acogió al Padre Eterno. ¡Oh Cruz dulce! ¡Oh Cruz amable!: sed ahora nuestra defensa y también nuestro descanso”.


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