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SAN SEVERINO, ABAD, APÓSTOL DEL NORICO

 SAN SEVERINO, ABAD, APÓSTOL DEL NORICO



Nacido de noble familia romana en Nórico, vive austero entre limosnas y ayuno, escuchado por potentes e incluso por bárbaros, impresionados por su santidad. Funda monasterios, soccorre a los pobres, defiende aldeas de las correrías de los bárbaros, uniendo acción y contemplación.

Predicador

Martirologio Romano: En la antigua provincia romana de Nórico, en las riberas del Danubio, san Severino, presbítero y monje, que llegado a esta región después de la muerte de Atila, príncipe de los hunos, defendió a los pueblos inermes, aplacó a los violentos, convirtió a los infieles, fundó monasterios e impartió instrucción religiosa a los que la necesitaban (c. 482).


Durante el siglo V el imperio romano de Occidente se vio invadido poco a poco por los visigodos, ostrogodos, vándalos, francos, etc. En la devastación sólo las autoridades y estructuras cristianas constituyeron un punto firme para la supervivencia. Éste es el contexto histórico en el que se presenta la figura y la obra de san Severino, que nació de una noble familia romana hacia el año 410. Después de una estancia en Oriente, hacia el 454 se estableció cerca del Danubio, en donde construyó monasterios para albergar a los habitantes amenazados y para que, al mismo tiempo, fueran puntos de irradiación del Evangelio entre las tribus bárbaras.

Inclinado tanto a la vida contemplativa y eremítica como a la actividad misionera, y favorecido con el carisma de la profecía, san Severino hizo también previsiones sobre el plano humano temporal. En efecto, comprendió que el movimiento de los jóvenes pueblos bárbaros era indetenible y que la decadente sociedad romana recuperaría su vigor gracias a estas nuevas fuerzas.


Pero era necesario que esas mentes fueran iluminadas por las verdades del Evangelio, y para ello había que entrar en contacto directo con ellas. Con un gesto valiente que le ganó la admiración de los rudos guerreros, llegó hasta Comagén, ya en mano de los enemigos; su concreta caridad para con los necesitados le conquistó definitivamente el corazón sencillo de los “bárbaros”, comenzando por el de los jefes. Gibuldo, rey de los alamanos, le tenía “suma reverencia y afecto”, como dice su biógrafo Eugipo, y lo escuchaba con respeto, dócil como un hijo; Flaciteo, rey de los rugos, “lo consultaba en las empresas peligrosas como a un oráculo celestial”.


No faltaron signos del cielo que confirmaban sus palabras. Un día la nuera de Flaciteo, contra el parecer de Severino, lo había convencido de que no les diera la libertad a los prisioneros; Severino la amonestó enérgicamente y misma noche el sobrino de Flaciteo cayó prisionero de otra tribu bárbara y obtuvo la libertad sólo por intervención de Severino.


Respetado y amado por la gente humilde como por los reyes y guerreros, vivió muy pobremente, sin sacar ninguna ventaja material para sí mismo: vestía la misma túnica tanto en invierno como en verano, dormía pocas horas acostado en el suelo y con cilicios, y se dice que en cuaresma sólo comía una vez por semana.


Murió el 8 de enero del año 482. Sus veneradas reliquias reposan en Frattamaggiore (Nápoles) junto al mártir Sosso.




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